En un giro que ni el mejor guionista de narconovelas pudo imaginar, el robo de combustible y petróleo crudo, alias “huachicol”, se ha coronado como el negocio estrella de los cárteles mexicanos, superando incluso a las drogas en ingresos. Según el Departamento del Tesoro de EE. UU., esta industria ilegal les genera miles de millones de dólares anuales.
Los huachicoleros, maestros del arte de birlar hidrocarburos a Pemex, operan como si fueran magnates del petróleo, pero con menos trajes y más sobornos. Roban combustible y crudo, intimidan o compran a empleados de Pemex, y luego lo venden en el mercado negro de México, EE. UU. y Centroamérica. El petróleo cruza la frontera norte disfrazado de “aceite usado” o materiales peligrosos, engañando a los controles fiscales. Ya en suelo gringo, intermediarios cerca de la frontera suroeste lo mezclan en el mercado con descuentos que harían sonrojar a cualquier gasolinera legal. Las ganancias, por supuesto, regresan a los cárteles como un boomerang bien lubricado.
El Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) y el Cártel de Santa Rosa de Lima (CSRL) son los capos de este juego, peleándose por el “Triángulo de las Bermudas” en Guanajuato, una zona de ductos y refinerías que es como el Dorado para estos piratas del petróleo. Desde 2017, su guerra ha disparado la violencia en el estado. EE. UU. ya anunció sanciones contra el CSRL por dañar a empresas legítimas de energía.
Pemex llora pérdidas millonarias mientras los cárteles se ríen camino al banco. ¿Seguridad o fiscalidad? Este negocio resbaladizo tiene a ambos lados de la frontera patinando en un charco de corrupción.


