Imagina a Donald Trump como un guardia de tráfico marítimo, agitando una bandera roja y gritando “¡Ni un barril más!” a todo petrolero que ose acercarse a Venezuela. El martes, ordenó un “bloqueo” a estos buques sancionados, dejando a Nicolás Maduro con menos gasolina que un coche de pedales en una autopista.
El drama marítimo es digno de una telenovela. El Hyperion, un petrolero sancionado con bandera de Gambia, llegó de puntillas a la bahía de Amuay, en la costa oeste venezolana, cargado con nafta desde Murmansk, Rusia. Mientras, el Agate, con bandera angoleña, hizo un giro de diva y cambió rumbo en el Caribe, como si dijera “¡Yo no me meto en este lío!”. Otros dos, Sofos y Sea Maverick, de Sierra Leona, parecen estar jugando al escondite cerca de Guyana, señalando Panamá como destino, aunque todos sabemos que su GPS grita “Venezuela”. El Garnet, con bandera de Omán, sigue su ruta al Caribe como si no hubiera leído las noticias, y el Boltaris, de Benín, dio media vuelta rumbo a Europa con 300,000 barriles de nafta rusa, como un repartidor que se arrepiente a mitad de camino.
El gobierno venezolano no se quedó callado, calificando el bloqueo de Trump como una “amenaza grotesca” que viola el derecho internacional y el libre comercio. Vamos, como si Trump hubiera confiscado el último refresco de la nevera global. ¿Resultado? Venezuela se queda mirando el horizonte, esperando un milagro marítimo, mientras Maduro probablemente busca recetas para cocinar sin gasolina. ¿Será este el fin de la ruta del petróleo o solo un desvío digno de Hollywood?


