Donald Trump ha vuelto a poner sus ojos en Groenlandia, ese pedazo de hielo estratégico que parece el premio gordo de un reality show. Desde su regreso a la Casa Blanca, insiste en que “necesita” la isla danesa para la seguridad de EE. UU., sin descartar incluso flexionar músculos. Dinamarca, furiosa, convocará al embajador gringo para pedir explicaciones.
El domingo, Trump nombró a Jeff Landry, gobernador de Luisiana, como emisario especial para Groenlandia, como si fuera un agente inmobiliario del Ártico. Landry, emocionado en X, se ofreció voluntario para “hacer que Groenlandia sea nuestra”, mientras Dinamarca, aliado de la UE y OTAN, hierve de indignación. El ministro Lars Lokke Rasmussen llamó el movimiento “totalmente inaceptable”, y junto a la primera ministra Mette Frederiksen y el líder groenlandés Jens-Frederik Nielsen, defendieron que no se anexiona un país como quien pide pizza. La UE, con Ursula von der Leyen y Antonio Costa, también respaldó a Dinamarca, recordando que la soberanía no es negociable.
Groenlandia, hogar de 57,000 almas que sueñan con independencia pero no con ser el patio trasero de Trump, está en el centro de esta telenovela ártica. Su ubicación entre Norteamérica y Europa, rutas marítimas por el cambio climático y recursos como tierras raras la hacen un caramelito geopolítico, codiciado por EE. UU., China y Rusia. Hasta misiles entre Rusia y EE. UU. pasarían por ahí.
Trump, desde Truth Social, defiende que Groenlandia es clave para la “supervivencia mundial”, mientras Landry juega a ser el Colombo del hielo. Dinamarca insiste: “No está en venta”. ¿Se resolverá esto con diplomacia o con un duelo de tweets? Esto está más helado que un invierno en Nuuk.


