La noche del 21 de diciembre de 2025, la Zona Rosa de CDMX se tiñó de rojo con el brutal asesinato de Óscar Noé Medina González, alias “El Panu”, mientras cenaba con su familia en el restaurante Luaú. Decenas de disparos acabaron con la vida del brazo derecho de Iván Archivaldo Guzmán Salazar, líder de Los Chapitos, en un ataque tan preciso que parecía sacado de un thriller. La periodista Anabel Hernández, en su podcast Narcosistema, lo describe como el fin de una leyenda criminal y un golpe casi mortal para la facción.
El Panu no era un simple sicario; era el compadre, amigo inseparable y freno de los excesos de Iván. Durante más de una década, fue clave en el ascenso de Los Chapitos, desde fiestas salvajes hasta batallas sangrientas. Hernández relata cómo intervenía en crisis, como cuando desarmó a Iván en el hotel Lucerna de Culiacán para evitar que matara a una mujer bajo efectos de alucinógenos. No era menos violento, pero sí más calculador, quitándole el cargador a su jefe en momentos de descontrol para evitar escándalos.
Su poder también era brutalidad pura. Participó en torturas estremecedoras, como arrojar a un hombre a un tigre o usar un sacacorchos en agentes de la PGR en 2017 junto a Iván y “El Nini”, a quien él mismo reclutó y moldeó como sicario sin límites. En el negocio, El Panu lideró la incursión en el tráfico de fentanilo, organizando la distribución de pastillas M30 y regalando miles gratis para enganchar consumidores en Culiacán, lo que multiplicó ganancias y rutas a EE. UU.
Su muerte, según Hernández, marca el ocaso de Los Chapitos. Sin su inteligencia y lealtad, el imperio de Iván tambalea. ¿El fin de una era o solo otro capítulo violento? El tiempo dirá.


