En un episodio que parece sacado de una pesadilla de Hollywood, la operación militar de EE. UU. en la madrugada del sábado para capturar a Nicolás Maduro dejó un rastro de destrucción en Catia La Mar, cerca de Caracas. Residentes como Jonatan Mallora, un mototaxista de 50 años, y Ángel Álvarez, vendedor callejero, contaron ayer cómo las explosiones los despertaron en la barriada Rómulo Gallegos, en el estado La Guaira, a 31 kilómetros de la capital. Uno de los blancos fue la Academia de la Armada, y el impacto se sintió en carne propia.
Mallora, parado entre los escombros de su departamento sin techo en un edificio de tres pisos, relató que huyó con su hija de 24 y su hijo de 22, salvándose de milagro. “De broma no me mataron a mis hijos”, dijo, agradeciendo que solo perdió cosas materiales. A una cuadra, Álvarez vio su pared y tanque de agua destruidos, pero celebra que su casa sigue en pie y tiene otro tanque, un lujo en un país con suministro de agua deplorable. “No sabíamos qué hacer, corría de un lado a otro”, confesó, añadiendo que nunca desearía a nadie vivir un ataque así.
Las autoridades venezolanas afirman que el fuego afectó La Guaira, Caracas, Miranda y Aragua. Pero los hospitales guardan silencio sobre víctimas; un funcionario del Carlos Arvelo dijo tener “órdenes de no informar”. Una organización de médicos reportó a AFP 70 muertos y 90 heridos, una fuente militar habla de al menos 15, y The New York Times menciona 80. Cuba, por su parte, lamenta la muerte de 32 ciudadanos en el operativo, decretando luto el 5 y 6 de enero.
Esto no es un videojuego; es la vida real destrozada. Mallora espera ayuda oficial, pero siente que “pagaron los que no debían”. ¿Quién repara este desastre humano?


