Miles de venezolanos se lanzaron a las calles de Caracas el lunes, sudando bajo un sol que parecía un microondas, para exigir la liberación de Nicolás Maduro, el presidente depuesto capturado en un operativo militar de EE. UU. el sábado. Con banderas y juguetes de «Súper Bigote», los manifestantes convirtieron la protesta en un carnaval tragicómico.
Cerca del Parlamento, donde Delcy Rodríguez juró como presidenta encargada, la multitud gritaba «¡Maduro aguanta, que Venezuela se levanta!» como si fuera un himno de karaoke. Algunos cargaban pancartas que acusaban a Trump y Marco Rubio de ser «asesinos secuestradores», mientras otros blandían muñecos de «Súper Cilita», en honor a Cilia Flores, también arrestada. Era como ver un desfile de superhéroes caídos, pero con menos capa y más drama.
Nicolás Maduro Guerra, alias ‘Nicolasito’, habló a la masa y soltó que tuvo contacto «indirecto» con su padre, aunque se guardó los detalles como si fuera un spoiler de Netflix. «Allá tenemos un equipo defendiendo la dignidad», dijo, dejando a todos imaginando un dream team de abogados o quizás un grupo de WhatsApp muy motivado. Mientras tanto, Maduro se declaró no culpable de narcotráfico y terrorismo ante un juez en Nueva York, en una escena digna de una serie de narcos con bajo presupuesto.
Manifestantes como Flor Alberto, de 32 años, y Antony Quintana, de 39, insistieron en que, aunque Maduro tenga sus rollos con la justicia, un secuestro gringo no era el camino. «Queremos mostrar que no están solos», dijeron, listos para darlo todo. ¿Súper Bigote volverá? Esto parece más enredado que un culebrón venezolano en prime time.


