Nicolás Maduro, el derrocado presidente de Venezuela, se plantó este lunes ante un juez en Nueva York, vestido de preso anaranjado como si fuera extra de una serie carcelaria, y se declaró no culpable de traficar cocaína. “Soy un hombre decente, sigo siendo presidente”, gritó en español, denunciando un secuestro por fuerzas gringas en Caracas. Su esposa, Cilia Flores, de 69 años, también dijo “no culpable”, mientras el juez Alvin Hellerstein les pedía calmarse hasta la próxima audiencia el 17 de marzo.
Capturados el sábado en un operativo estadounidense con más acción que una película de Rambo, con comandos, bombardeos y una flota naval, ambos fueron trasladados desde una cárcel en Brooklyn. Maduro entró sonriente, tomando notas como si planeara un discurso, y al salir soltó un dramático “soy un prisionero de guerra”. Afuera del tribunal en Manhattan, manifestantes a favor y en contra se enfrentaron dialécticamente; uno celebró la captura como “el mejor regalo de cumpleaños”, mientras otro acusó a EE. UU. de enriquecer a Wall Street.
En Caracas, Delcy Rodríguez juró como presidenta interina ante el Parlamento, con “dolor” por el “secuestro” de Maduro y Flores. Miles marcharon exigiendo su liberación, mientras Nicolás Maduro Guerra, “Nicolasito”, prometió su regreso “más temprano que tarde”. En la ONU, Antonio Guterres pidió respetar la soberanía, pero Trump insiste que EE. UU. está “a cargo” de Venezuela, exigiendo acceso a su petróleo. ¿Democracia? “Ya veremos, primero arreglemos este desastre”, dijo el magnate.
Esto huele a telenovela con esteroides: entre muertos no confirmados, cubanos caídos y opositores como Edmundo González y María Corina Machado exigiendo transición, Venezuela parece un tablero de ajedrez donde todos mueven al rey a la vez.


