El ministro de Asuntos Exteriores alemán, Johann Wadephul, bajó este lunes la temperatura ante las amenazas de Donald Trump de apoderarse de Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca y aliado en la OTAN. Tras reunirse con el secretario de Estado Marco Rubio, Wadephul aseguró a reporteros que no hay indicios de que un ataque militar de EE. UU. se considere seriamente, a pesar de que Trump afirmó el domingo que tomaría la isla “de una forma u otra” y descartó un simple arriendo, exigiendo un “título de propiedad”.
“Creo que hay un interés común en abordar los problemas de seguridad en la región ártica”, dijo Wadephul, destacando que la OTAN está desarrollando planes concretos al respecto, los cuales se discutirán con socios estadounidenses. Su visita precede a conversaciones clave esta semana en Washington entre Rubio y altos diplomáticos de Dinamarca y Groenlandia. El gobierno groenlandés, por su parte, rechazó tajantemente cualquier adquisición por parte de EE. UU. bajo “ninguna circunstancia”.
Trump ha justificado su obsesión con Groenlandia señalando la creciente actividad de Rusia y China en el Ártico, argumentando que EE. UU. necesita control estratégico de la isla. Esto suena más a un guion de película de espías que a diplomacia del siglo XXI.
¿Es esto solo una bravuconada de Trump o un plan real que podría fracturar alianzas? Mientras Alemania intenta mediar con lógica, el drama ártico parece un reality show con hielo como protagonista. La OTAN y Dinamarca esperan que las palabras de Trump sean más ruido que acción, pero el tablero geopolítico sigue más resbaladizo que una pista polar.


