Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, se plantó en Adamuz, Andalucía, para jurar que encontrará la verdad detrás del brutal accidente ferroviario del domingo que dejó 39 muertos y más de 120 heridos. Con tono de detective de novela negra, aseguró “transparencia absoluta” mientras el país se sume en tres días de luto oficial.
La tragedia ocurrió cerca de Adamuz, a 200 km de Málaga, cuando un tren de Iryo, rumbo de Málaga a Madrid con 300 pasajeros, descarriló y se estampó contra un convoy de Renfe que iba de Madrid a Huelva con 184 almas a bordo. El choque, a las 19:45, fue tan salvaje que los primeros vagones de Renfe volaron como si fueran de papel. Imágenes aéreas muestran los trenes como juguetes rotos, con vagones volcados y retorcidos. El presidente de Andalucía, Juanma Moreno Bonilla, advirtió que al levantar los restos con grúas podrían hallarse más víctimas. De los heridos, 43 siguen hospitalizados, 12 en cuidados intensivos.
El ministro de Transporte, Óscar Puente, calificó el accidente de “tremendamente extraño” en una vía renovada, descartando fallo humano o exceso de velocidad—los trenes iban a 205 y 210 km/h en un límite de 250. Iryo presume que su tren, fabricado en 2022, pasó revisión el 15 de enero. ¿Entonces qué pasó? ¿Gremlins en las vías?
Mientras la familia real planea visitar la zona, España guarda minutos de silencio y Adamuz, un pueblo tranquilo, no sale del shock. Sánchez insiste en que sabremos la causa, pero por ahora, este choque tiene más misterios que un capítulo de serie de suspense. ¿Será un complot de las vías o pura mala suerte ferroviaria?


