Un avión bimotor Beechcraft 1900 se estrelló el miércoles en una zona montañosa del noreste de Colombia, cerca de la frontera con Venezuela, y lamentablemente no hubo sobrevivientes entre sus 15 ocupantes. Pero, seamos sinceros, este no es el guion de una película de acción donde alguien salta con paracaídas en el último segundo. Es una tragedia real en Norte de Santander.
El vuelo, operado por la aerolínea estatal Satena, cubría la ruta entre Cúcuta y Ocaña cuando desapareció del radar más rápido que un mensaje comprometedor en WhatsApp. Horas después, los restos fueron hallados en una zona agreste de Playa de Belén, un lugar que suena a destino vacacional, pero que está más cerca de un set de filmación de “Narcos”. Satena envió una comisión al sitio, probablemente con más preguntas que respuestas, mientras las autoridades intentan descifrar qué salió mal en este viaje fatal.
Entre los pasajeros estaban figuras políticas como el congresista Diógenes Quintero, del Partido de la U, y Carlos Salcedo, candidato a las elecciones legislativas de marzo. Sus partidos lamentaron las pérdidas, mientras el resto de nosotros nos preguntamos cómo un vuelo rutinario terminó en un desastre. La zona, por cierto, no es precisamente un parque temático: cultivos de hoja de coca y grupos armados como el ELN y disidencias de las FARC rondan por ahí, haciendo que cualquier rescate parezca una misión de videojuego en modo experto.
Así que, mientras las investigaciones avanzan más lento que un trámite en oficina pública, nos queda reflexionar sobre la fragilidad de la vida. Un vuelo perdido, 15 historias truncadas y un recordatorio de que, a veces, el cielo no es tan amigable como parece.


