Estados Unidos soltó una bomba (figurada, claro) en el Consejo de Seguridad de la ONU el miércoles: la desmilitarización de Gaza incluirá un programa de “recompra de armas” financiado internacionalmente. Sí, como si Hamás fuera a entregar sus cohetes por un cheque y un apretón de manos, todo bajo el plan de paz de Donald Trump.
Tras el alto el fuego de octubre, mediado por Trump, Hamás aún controla casi la mitad de Gaza. El acuerdo vincula la retirada de tropas israelíes a la entrega de armas por parte del grupo miliciano. EE. UU., junto a los 26 países de la Junta de Paz de Trump y el Comité Nacional Palestino, presiona para desarmar a Hamás. El embajador Mike Waltz fue claro: “Hamás no tendrá ningún papel en el gobierno de Gaza, ni directo ni indirecto, ni en sueños”. Todo, desde túneles hasta fábricas de armas, será destruido, con observadores internacionales supervisando un desmantelamiento que suena más organizado que un Black Friday.
Pero los detalles brillan por su ausencia. Hamás aceptó debatir el desarme con otras facciones y mediadores, aunque dos funcionarios del grupo le dijeron a Reuters que nadie les ha presentado un plan concreto. Mientras, Israel, a través de su embajador Danny Danon, recuerda que Hamás aún tiene miles de cohetes, misiles antitanque y unos 60,000 fusiles de asalto, suficientes para armar un pequeño país o arruinarle el día a cualquiera en Gaza que se oponga.
La Junta de Paz, con mandato hasta 2027, coordinará la reconstrucción y desplegará una Fuerza Internacional de Estabilización para que Israel se retire bajo hitos y plazos acordados con EE. UU., Egipto y Qatar. ¿Funcionará? Esto pinta más incierto que un pronóstico del tiempo en Gaza.


