¡Qué telenovela, amigos! Hace un mes, el 3 de enero, las bombas estadounidenses despertaron a Venezuela con un estruendo que marcó el fin de Nicolás Maduro como presidente. Capturado junto a su esposa, Cilia Flores, en una incursión militar, ahora enfrenta un juicio por narcotráfico en Nueva York. Delcy Rodríguez, exvicepresidenta, tomó las riendas bajo la atenta mirada de Donald Trump, quien orquestó el operativo que dejó un centenar de muertos.
Trump evitó un caos total estilo Irak y calificó a Rodríguez de «formidable», invitándola a la Casa Blanca. Mientras, ambos países retoman relaciones rotas desde 2019, aunque Marco Rubio le advirtió a Rodríguez que no se pase de lista o podría correr la suerte de Maduro. La nueva jefa diplomática de EE. UU., Laura Dogu, ya pisó Caracas insistiendo en una «transición». ¿Estabilidad o títere? El analista Guillermo Tell Aveledo lo llama «estabilidad tutelada».
El gran cambio es petrolero. Una reforma a la ley, dictada por Washington según expertos, revierte la nacionalización de 1976 y el modelo chavista, permitiendo a empresas privadas como Chevron operar solas, sin PDVSA como socio mayoritario. Flexibiliza regalías e impuestos, cediendo exclusividad en exploración. Francisco Monaldi, analista en EE. UU., dice que es la única vía para atraer los 150,000 millones de dólares necesarios para resucitar la industria. Trump ya gestionó una venta de petróleo por 500 millones, sin los descuentos del embargo que él mismo impuso.
Rodríguez cambió ministros y oficiales, aunque Diosdado Cabello y Vladimir Padrino siguen firmes. Declaró una amnistía general, pendiente de aprobación, y cerrará el Helicoide, infame prisión. Pero el miedo persiste, y el chavismo organiza marchas por Maduro, con shows de drones en Fuerte Tiuna. ¿Cambio real o maquillaje? Esto está más confuso que un chiste sin remate.


