Un pequeño pueblo canadiense, Tumbler Ridge, en Columbia Británica, está tambaleándose tras un tiroteo que parece sacado de un guion de película de terror con un presupuesto muy bajo. La autora, Jesse Van Rootselaar, de 18 años, con un historial de problemas de salud mental, desató el caos el martes antes de quitarse la vida.
La policía, que parece haber visitado la casa familiar más veces que un repartidor de pizza, confirmó que Van Rootselaar comenzó su macabra aventura eliminando a su madre de 39 años y a su hermanastro de 11. Luego, como si siguiera un itinerario de pesadilla, se dirigió a una escuela local para sumar más víctimas: una profesora de 39 años y cinco estudiantes de entre 12 y 13 años. El conteo final de fallecidos se ajustó a nueve, porque aparentemente hasta en el horror hay margen de error. El subcomisario Dwayne McDonald, de la Real Policía Montada, admitió que no tienen ni idea del motivo, pero aseguró que Jesse actuó más sola que un lobo en cuarentena.
Mientras tanto, el primer ministro Mark Carney, con lágrimas que podrían llenar un lago canadiense, prometió que el país “superará esto” y “aprenderá”. Líderes mundiales, como el rey Carlos, enviaron condolencias que suenan tan sinceras como un mensaje de spam. Este ataque se cuela entre los más letales de Canadá, un país donde las armas no son tan libres como en el vecino del sur, pero aun así se cuelan en las manos equivocadas.
En resumen, Tumbler Ridge enfrenta un dolor que ni el mejor sirope de arce puede endulzar. Como dijo un legislador local, no hay palabras para describir esta devastación. Solo queda abrazarse, llorar y, quién sabe, quizás escribir un manual de “cómo no arruinarlo todo”.


