En una escena digna de una película de la Guerra Fría, Vladimir Putin recibió al canciller cubano Bruno Rodríguez en el Kremlin, jurando que Rusia «siempre» estará del lado de La Habana contra el bloqueo energético de Estados Unidos. Con la crisis cubana más caliente que un verano sin ventilador, Putin aprovechó para lanzar pullas a Washington, calificando las sanciones como un chiste de mal gusto.
La situación en Cuba se agravó desde enero, cuando Donald Trump cortó el flujo de petróleo venezolano tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas especiales yanquis. Putin, con su mejor cara de aliado eterno, aseguró que Rusia no acepta estas jugadas, pero evitó prometer combustible como quien esquiva un compromiso en Tinder. Rodríguez, agradecido, aplaudió la solidaridad rusa, aunque se fue con las manos vacías tras reunirse también con Serguéi Lavrov, quien desempolvó un discurso soviético para acusar a EE. UU. de bloquear «la isla de la libertad».
Mientras tanto, Cuba, con 9.6 millones de habitantes, enfrenta apagones eternos y escasez de gasolina, con Trump justificando el embargo al señalar a la isla como una «amenaza excepcional» por sus amistades con Rusia, China e Irán. La Habana, en modo supervivencia, restringió combustible, recortó transporte público y hasta instauró semanas laborales de cuatro días. Algunos países latinoamericanos de izquierda mandaron ayuda, otros solo palabras bonitas, y Rusia sigue «considerando» enviar petróleo, según rumores de prensa.
En fin, Putin y Rodríguez se dieron palmadas en la espalda, pero sin promesas concretas. ¿Llegará el petróleo ruso o Cuba seguirá pedaleando en bicicleta? Esto está más incierto que un pronóstico del tiempo en el trópico.


