Claudia Sheinbaum, desde su trono en Palacio Nacional, juró este jueves que el rechazo de su Reforma Electoral no es un golpe al mentón de su gobierno. “No es derrota, es… estrategia”, dijo, guiñando un ojo como si estuviera en un sketch de comedia. Su plan, según ella, también era desenmascarar a los políticos que aman sus privilegios más que a un buen taco al pastor.
En San Lázaro, el 11 de marzo, la reforma se estrelló como un globo en una fiesta infantil: 259 votos a favor, 234 en contra y una abstención perezosa, lejos de los 334 necesarios para cambiar la Constitución. Sheinbaum insistió que su cruzada era por menos corrupción y más eficiencia electoral, como si quisiera convertir la política en una app de delivery: rápida y sin cargos extra. Pero ni las charlas con Rosa Icela Rodríguez ni los halagos iniciales de los coordinadores lograron unir a la tropa.
La alianza Morena, PT y PVEM se rompió como un grupo de WhatsApp en crisis. Aunque Ricardo Monreal prometió apoyo total, tres rebeldes de Morena votaron en contra, y del PVEM solo 12 se subieron al barco. El PT, con un solitario Jesús Roberto Corral Ordóñez, apenas mostró bandera. Un desfile de traiciones digno de una telenovela de horario estelar.
Sheinbaum no se rinde y ya prepara un “Plan B” para el lunes, con el Senado en la mira por sus costos de estrella de rock. Promete ahorrar 4 mil millones de pesos para obras y servicios locales. ¿Será este el remix que convenza a San Lázaro o solo otro hit fallido? Esto está más enredado que un cable de audífonos en el bolsillo.


