Pan de Muerto: El Bocado que Une a Vivos y Fantasmas

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Pan de Muerto: El Bocado que Une a Vivos y Fantasmas

¡Prepárense para un viaje al más allá con sabor a azúcar! El pan de muerto no es solo un bollito dulce, sino un pedazo de la identidad mexicana que brilla cada Día de Muertos. Colocado en ofrendas y compartido en familia, este pan es como un abrazo a los que ya se fueron, un “te extraño” hecho de harina.

Su historia es más vieja que un chiste de cantina. Antes de la Conquista, los pueblos mesoamericanos hacían panes de amaranto y miel de maguey, llamados xonicuille o yotlaxcalli, para honrar a deidades como Cihuapipiltin y Huitzilopochtli. Eran ofrendas con formas de mariposas o rayos, símbolos del viaje de las almas. Los españoles, horrorizados por los sacrificios humanos, sugirieron un cambio: un pan de trigo con azúcar roja, simulando sangre. Con la evangelización, este ritual indígena se mezcló con el Día de Todos los Santos y Difuntos, dando origen al pan de muerto actual: redondo como el ciclo de vida, con tiras de “huesos” y una bolita de “cráneo”. El toque de azahar es como un perfume que llama a los recuerdos.

Cada región le pone su chispa: en Oaxaca lleva figuritas humanas, en Puebla ajonjolí, y en Michoacán decoraciones de animalitos. Hoy, hay versiones rellenas de chocolate o crema, porque en México innovamos hasta en el más allá. Más que un postre, este pan es un puente entre vivos y muertos, un recordatorio de que aquí la muerte no asusta, se celebra.

Así que, cuando muerdas un pedazo, imagina a tus ancestros sentados contigo. Porque en México, hasta los fantasmas vienen por un cafecito y un buen pan.

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