
Imagina a Donald Trump como un sheriff de película del Oeste, pero con Twitter en lugar de revólver: este viernes, el presidente estadounidense desmintió rotundamente los rumores de que el Ejército planea bombardear objetivos militares en Venezuela para intensificar su guerra contra el narcotráfico. Todo esto surge tras operaciones en el Caribe contra lanchas de contrabando, que la ONU critica como un pisoteo al Derecho Internacional, como si Trump estuviera jugando al Monopoly con reglas inventadas.
Según reportes del ‘Wall Street Journal’ y el ‘Miami Herald’, se rumoreaba una decisión inminente, pero Trump respondió con un «no» más seco que un Martini sin oliva. La secretaria adjunta de prensa, Anna Kelly, respaldó el desmentido, recordando que solo el jefe anuncia bombardeos, no los periódicos. Esta negación corona una campaña trumpiana hiperagresiva para frenar el flujo de drogas y arrinconar a Nicolás Maduro, a quien Washington ve como un presidente ilegítimo que debería empacar sus maletas y largarse, preferiblemente sin drama de telenovela.
La semana pasada, EE.UU. anunció el despliegue de un grupo naval a Latinoamérica, liderado por el portaaviones ‘Gerald R. Ford’ y destructores de misiles guiados, todo bajo el pretexto de seguridad fronteriza. Trump ya había admitido autorizar misiones encubiertas de la CIA en Venezuela, como si estuviera dirigiendo un episodio de ‘Mission: Impossible’ con presupuestos ilimitados. Es como si el Tío Sam decidiera que el Caribe necesita más barcos que un crucero de solteros, pero sin las fiestas.
Al final, esta danza de desmentidos deja a Maduro respirando aliviado, mientras los narcos se preguntan si el próximo movimiento será un dron disfrazado de piñata. Trump juega al ajedrez geopolítico con piezas de Lego: impredecible, colorido y potencialmente caótico. ¿Durará la paz? Solo el tiempo, o un tuit impulsivo, lo dirá.

