
¡El culebrón político del año! La renuncia de Alejandro Gertz Manero como fiscal general de la República, anunciada el pasado jueves, ha desatado un torbellino de especulaciones. Periodistas y analistas coinciden en que no fue una decisión personal, sino una jugada orquestada desde Palacio Nacional, con implicaciones que salpican hasta al expresidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO).
Raymundo Riva Palacio, en su columna “La batalla de Gertz”, afirma que esta salida es un golpe no solo para el exfiscal, sino también para AMLO, quien lo colocó en el cargo. Según Riva Palacio, perder el control de la FGR en un momento delicado deja el organismo en manos de Claudia Sheinbaum, a través de Omar García Harfuch, titular de la SSPC, con influencia sobre Ernestina Godoy, quien asume temporalmente. Describe a Gertz como una figura poderosa bajo AMLO, un arma política temida, pero su falta de alineación con Morena y su agenda propia lo habrían condenado. “Cayó el fiscal, y pronto podríamos descubrir que un equilibrio de egos vale más que un equipo sin voluntad propia”, sentencia, calificando su nuevo rol de embajador como un “destierro”.
Sergio Sarmento, en “Renuncia Forzada” para Reforma, califica el proceso de desaseado, destacando el “circo” en el Senado con una sesión extraordinaria donde los legisladores esperaron horas por una carta de tres párrafos. También señala que nadie ha explicado las “causas graves” legales que justificarían su remoción. Por su parte, López-Dóriga, en Milenio, revela que Gertz le aseguró que nunca renunciaría, pero algo desconocido precipitó la decisión de Sheinbaum. “Algo sucedió, aún no sé qué lo provocó”, escribe.
¿Fue una renuncia o un empujón desde las alturas? El debate sigue, pero una cosa es clara: la FGR entra en una nueva etapa con más intriga que una telenovela de prime time.

