Agua en la Mira: Irán y EE. UU. Atacan Infraestructuras Vitales en el Golfo

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¡El conflicto se pone más sucio que un charco en tormenta! En la guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán, ambos bandos han apuntado a infraestructuras de suministro de agua, un recurso más preciado que el oro en el Golfo Pérsico. Irán denuncia bombardeos estadounidenses a la planta desalinizadora de la isla de Qeshm, mientras parece haber atacado una instalación similar en Bahréin, un pequeño aliado de EE. UU.

En esta región árida, las desalinizadoras son la salvación: proveen el 93% del agua potable en Kuwait, 86% en Omán, 70% en Arabia Saudí, 48% en Qatar y 42% en Emiratos Árabes Unidos. En Israel, cubren el 50% con cinco grandes plantas. Pero en Irán, solo aportan un mísero 3%, dependiendo de aguas subterráneas sobreexplotadas tras cinco años de sequía. Atacar el agua no es novedad; desde la antigüedad hasta conflictos recientes en Gaza, Siria y Ucrania, ha sido un arma cruel. Ejemplos sobran: la destrucción de la presa de Kakhovka en Ucrania o actos del Estado Islámico en Irak y Siria.

Estos ataques cortan suministros, contaminan fuentes y generan enfermedades, golpeando duro a los más vulnerables, como niños, y afectando cultivos y ecosistemas. Además, destruyen energía e informática asociada, y la desinformación sobre agua contaminada siembra pánico. En el Golfo, donde el agua ya es escasa, el impacto es devastador, más allá de lo militar.

El derecho internacional humanitario y ambiental busca limitar estos daños, y los Principios de Ginebra de 2019 instan a proteger infraestructuras hídricas. Pero mientras el agua siga siendo un arma, todos pierden. ¿Dejarán de jugar sucio o seguiremos viendo guerras donde hasta la sed se convierte en estrategia? Esto está más turbio que un río después de una inundación.

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