La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, está moviendo el tablero con un nombramiento que parece un guiño directo a Estados Unidos. Calixto Ortega, un banquero formado en tierras gringas y exjefe del Banco Central, toma las riendas del Centro Internacional de Inversión Productiva (CIIP), reemplazando a Álex Saab, el empresario colombiano acusado de ser testaferro del derrocado Nicolás Maduro.
Rodríguez, quien asumió tras la caída de Maduro en un bombardeo ordenado por Donald Trump, calificó este cambio como parte de un “nuevo momento político”. Ortega, también vicepresidente del área económica, tiene la misión de atraer inversiones para revitalizar una economía que cojea. “Es una señal a la administración Trump de que Venezuela quiere jugar según las reglas”, opina Phil Flynn, analista de Price Futures Group. Con una producción de 1.2 millones de barriles de crudo al día, muy por debajo de su potencial, el país busca seducir a gigantes como Chevron y ExxonMobil.
Saab, que salió del CIIP y del Ministerio de Industrias, era un pez gordo en la red de importaciones de Maduro, incluyendo el programa CLAP, envuelto en escándalos de corrupción. Detenido en 2020 en Cabo Verde y extraditado a EE. UU. por lavado de dinero, fue liberado en 2024 en un canje de prisioneros. Venezuela lo pintó como un “héroe”, pero su salida ahora huele a limpieza de imagen.
Trump, que dice gobernar las ventas de crudo venezolano, respalda a Rodríguez mientras promete millonarias inversiones. Sin embargo, expertos como Rob Thummel de Tortoise Capital advierten que la estabilidad política es clave y que esto tomará años, no días. ¿Será Ortega el as bajo la manga o solo un espejismo petrolero? Esto está más enredado que un culebrón caraqueño.


