Miles de manifestantes tomaron las calles de Dinamarca y Nuuk, la capital de Groenlandia, este fin de semana para plantarle cara a Donald Trump y su obsesión con anexionarse la isla ártica. Bajo una lluvia tímida, corearon “Groenlandia no está en venta” y ondearon la bandera Erfalasorput, mientras exigían que Washington respete la autodeterminación de los groenlandeses. En Copenhague, la marcha llegó hasta la embajada estadounidense, con pancartas tipo “Manos fuera de Groenlandia”.
En Nuuk, el jefe de gobierno, Jens-Frederik Nielsen, se unió a la protesta, cantando temas inuit y rechazando el plan de Trump, quien insiste en que Groenlandia es clave para la seguridad de EE. UU. por su ubicación y minerales, sin descartar usar la fuerza. Julie Rademacher, de la organización Uagut, agradeció el apoyo y dijo que los groenlandeses están en el frente de la lucha por la democracia y los derechos humanos, un rol que nadie les pidió.
La tensión escaló con la llegada de tropas de la OTAN a Groenlandia, solicitadas por Dinamarca. Soldados de Francia, Alemania, Reino Unido y más países refuerzan la isla con vuelos y buques militares. Mute Egede, representante groenlandés, habló de “ejercicios”, mientras el general danés Soren Andersen aclaró que su foco es Rusia, no EE. UU., desde un buque en Nuuk. Sin embargo, una reunión en la Casa Blanca con el vicepresidente y Marco Rubio no resolvió nada: posturas irreconciliables.
El secretario de la OTAN, Mark Rutte, charló con Trump sobre la seguridad en el Ártico y espera verlo en Davos. ¿Diplomacia o circo? Groenlandia está atrapada en un juego de poder más frío que sus glaciares, y los manifestantes no piensan ceder ni un iceberg.


