Estados Unidos ha decidido que es hora de hacer las paces con Venezuela, autorizando transacciones económicas para reabrir la embajada venezolana y sus misiones en territorio gringo. La licencia 53 del Departamento del Tesoro permite bienes y servicios para que los diplomáticos vivan cómodos, pero ojo, nada de comprarse mansiones o jugar al Monopoly con propiedades.
Venezuela, que ha estado en la lista negra de sanciones por años gracias al gobierno chavista y su talento para ignorar a Washington, vio un cambio drástico tras la caída de Nicolás Maduro el 3 de enero en una incursión militar estadounidense. Ahora, con Maduro enfrentando un juicio por narcotráfico en Nueva York, las relaciones se descongelan. El 5 de marzo, ambos países acordaron restablecer lazos tras siete años de drama, y la bandera yankee ya ondea en Caracas desde el 14 de marzo, aunque Bogotá aún maneja los asuntos consulares.
La presidenta interina Delcy Rodríguez, bajo la atenta mirada de Donald Trump, quien parece haber adoptado Venezuela como su nuevo proyecto de crudo, anunció que una delegación viajará a Washington esta semana para seguir este “romance diplomático”. Rodríguez no pierde tiempo: reformó la ley de hidrocarburos para invitar a multinacionales al banquete petrolero, prepara cambios en minería, liberó presos políticos con una amnistía histórica y está reorganizando el gobierno y el alto mando militar, el viejo pilar chavista.
¿Será este el inicio de una luna de miel diplomática o solo un negocio bien aceitado? Con las mayores reservas de petróleo del mundo en juego, esto huele más a Tinder corporativo que a amor verdadero.


