¡Drama internacional en Bélgica! El embajador estadounidense Bill White ha desatado un culebrón diplomático al acusar al país de «acoso antisemita» por un caso judicial en Amberes sobre circuncisiones ilegales. No contento con eso, ahora amenaza con vetar la entrada a EE. UU. del líder socialista flamenco Conner Rousseau por comparar a Trump con cierto dictador de bigotito infame.
White, que parece tomarse su rol como si fuera el sheriff de un pueblo del Viejo Oeste, exigió a Rousseau borrar su post en redes donde equipara las tácticas del ICE de Trump con métodos que “transformaron Europa en un infierno”. Pero Rousseau, respaldado por su partido en el gobierno belga, se mantiene firme como un roble, defendiendo su derecho a opinar. Mientras, el ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, echó más leña al fuego denunciando un supuesto auge de violencia antisemita en Bélgica. El ministro belga Maxime Prévot contraatacó, negando las acusaciones y destacando medidas de protección para la comunidad judía con un enfoque que va “más allá de la represión”.
El Ministerio de Exteriores belga convocó a White para darle un jalón de orejas, recordándole los límites de su cargo bajo la Convención de Viena. Theodora Gentzis, en ausencia de Prévot, le dejó claro que los ataques personales y la injerencia en asuntos internos son un no rotundo. Bélgica insiste en su lucha contra el antisemitismo, pero pide respeto mutuo en este tira y afloja.
¿Resultado? Una bronca diplomática que parece un reality show. White contra todos, Rousseau contra el veto y Bélgica tratando de no perder la paciencia. Esto tiene más giros que un carrusel en una feria de pueblo. ¿Se calmarán las aguas o seguiremos con este circo internacional?


