En un giro que parece sacado de una película de terror gastronómico, el embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, alzó la voz el 18 de febrero tras el envenenamiento de siete menores en Huauchinango, Puebla. ¿La causa? Unos tamales y atole que resultaron más peligrosos que un reality de cocina sin jurado.
El 14 de febrero, en la colonia El Potro, Yamilet (2 años), Kenia (5), Abigail (6), Raúl (8), Teodoro (9), Cristina (10) y Diana (11) sufrieron vómitos, deshidratación y hasta convulsiones tras probar delicias de un puesto ambulante. Cristina sigue hospitalizada, dando positivo a fentanilo, mientras los demás están en casa, probablemente jurando no volver a tocar un tamal ni con un palo de tres metros. Johnson no se mordió la lengua: esto prueba que el fentanilo no discrimina entre países ni edades, atacando como un villano de cómic sin código moral.
Las autoridades decomisaron los productos, algunos con fecha de caducidad tan vieja que podrían estar en un museo. Mientras las muestras se analizan, familiares y vecinos se preguntan si fue un error o un complot digno de una serie de narcos. Johnson insiste en desmantelar las redes que trafican estas drogas sintéticas, porque, según él, nuestras comunidades no necesitan más recetas letales.
Esto nos deja con una lección amarga: cuidado con los antojitos callejeros, no sea que termines en una trama más oscura que tu café de olla. ¿Y el vendedor? Desaparecido, seguramente abriendo un nuevo puesto en algún lugar con menos drama.


