Europa se encuentra atrapada en un juego de poder energético global, con Rusia, China y Estados Unidos moviendo fichas que podrían dejar al continente más helado que un invierno sin calefacción. Este “triple ultimátum” combina un posible corte anticipado del gas ruso, restricciones chinas por el conflicto en el Golfo Pérsico y amenazas de Donald Trump sobre el comercio de gas natural licuado (GNL). ¿El resultado? Un rompecabezas que hace sudar frío a los líderes europeos.
Primero, Rusia. La UE planea desconectarse del gas ruso con vetos al GNL desde 2026 y al gas por gasoducto hacia 2027. Pero Vladímir Putin no espera sentado y ha insinuado cortar el suministro antes, con un “si nos van a dejar, nosotros decidimos cuándo”. Mientras, acelera su giro a Asia, hambrienta de petróleo del estrecho de Ormuz. Segundo, China. Con Ormuz en riesgo por la escalada EE. UU.-Israel-Irán, donde pasa un quinto del petróleo mundial, Pekín ordenó a sus refinerías suspender exportaciones de gasolina y diésel para priorizar su suministro interno. Esto encarece los combustibles en Europa, que ya tiembla por su dependencia.
Tercero, EE. UU. España, que importa un 44% de su gas de allí, está en la mira de Trump tras negarse a ceder bases como Rota para operaciones contra Irán. Sus amenazas de cortar comercio, incluyendo GNL, añaden incertidumbre. Aunque España tiene siete plantas de regasificación, un hub potencial para la UE, las limitadas interconexiones con Francia la hacen vulnerable a estos vaivenes.
¿Qué hacer? A corto plazo, compras conjuntas de gas y más interconexiones. A largo, renovables y eficiencia. Porque, mientras Moscú, Pekín y Washington juegan, la factura de luz no espera. Europa debe decidir: ¿autonomía o seguir siendo peón en este tablero?


