El Fondo Monetario Internacional (FMI) soltó la bomba este jueves: sin un gobierno reconocido por la mayoría de sus votantes estrella, no hay charlas con Venezuela, ni un mísero café. Tras la captura de Nicolás Maduro, Julie Kozack, portavoz del FMI, dijo que seguirán el manual de “cambios de gobierno estilo telenovela” para decidir si se sientan a negociar.
La cosa está más fría que un ex en Navidad: el FMI no ha tenido contacto con Venezuela desde 2019, cuando el reconocimiento de Maduro se volvió más dudoso que una promesa de dieta en enero. Ni siquiera han hecho su evaluación económica “Artículo IV” desde 2004, un récord que ni el club de procrastinadores mundial aprobaría. Kozack no se guardó nada y calificó la situación económica venezolana de “calamitosa”, como si el país fuera el Titanic, pero sin iceberg, solo con pura mala gestión.
Los números no mienten, aunque duelan más que un tropiezo en Lego: la pobreza sube como espuma, los ingresos petroleros se desploman más rápido que un influencer cancelado y el déficit fiscal crece como si fuera un reality de gastos sin control. Encima, la financiación monetaria para tapar huecos ha desatado una inflación de tres dígitos, mientras la moneda se devalúa más veloz que un meme pasado de moda. La liquidez en dólares brilla por su ausencia, como un amigo cuando necesitas un préstamo.
Total, el FMI se lava las manos hasta que los peces gordos decidan quién manda de verdad en Venezuela. Mientras, el pueblo sigue esperando un milagro económico más improbable que encontrar Wi-Fi gratis en el desierto. ¿Será este el final de la telenovela o solo otro capítulo dramático?


