
¡Feliz cumpleaños, Friedrich Merz! El canciller alemán sopló 70 velitas este martes, pero parece que nadie quiere repetir el pastel. Seis meses después de reemplazar al impopular Olaf Scholz, Merz prometió reactivar la economía más grande de Europa, frenar la inmigración irregular y blindar el ejército ante Rusia. Sin embargo, su popularidad está más baja que un sótano en Berlín.
Merz juró que esta era la última chance de Alemania para aplastar a la extrema derecha y capear las tormentas geopolíticas, especialmente con un Estados Unidos que parece más distraído que un adolescente en TikTok. Pero el crecimiento económico está tan parado como un auto sin gasolina, y su coalición se pelea por la inmigración como si fuera una discusión de quién lava los platos. Las encuestas lo pintan como uno de los cancilleres menos queridos, con un mísero 25% de aprobación. ¡Ni sus dos predecesores estaban tan mal a estas alturas!
Los empresarios alemanes están que trinan: las reformas avanzan más lento que una tortuga en vacaciones, y la industria química, un pilar de la economía, está en «alerta roja», con producción en el nivel más bajo en 30 años. Mientras sus colegas parlamentarios le cantaban cumpleaños feliz, los votantes parecen listos para cantarle adiós. Solo el 18% quiere que Merz se postule de nuevo en 2029, según Forsa para RTL. Incluso entre conservadores, apenas el 47% lo apoya.
En resumen, Merz está en un lío más grande que un nudo en un cable de audífonos. ¿Logrará enderezar el barco o será recordado como el canciller que no llegó ni al segundo pastel?

