¿Sabías que en un accidente ferroviario como el de Adamuz, los primeros minutos son más decisivos que el final de una serie de Netflix? Elena Plaza, codirectora del Máster en Urgencias y Emergencias de la Universidad Internacional de Valencia, lo llama la ‘hora de oro’. Básicamente, es una carrera contrarreloj para salvar vidas antes de que el drama se vuelva tragedia.
Plaza explica que en estos caos, un corte en un brazo puede convertir a alguien en un extra de película de vampiros en solo cinco minutos si no se actúa rápido. Hemorragias masivas externas son como un grifo abierto, pero con un torniquete se gana tiempo para el quirófano. Traumatismos craneoencefálicos, en cambio, son más traicioneros: sin ventilación inmediata, es como apagar el Wi-Fi en plena videollamada importante. Y ni hablemos de lesiones internas profundas, donde a veces solo queda rezar por un traslado seguro mientras los sanitarios juegan a ser MacGyver con lo que tienen a mano.
Fracturas de pelvis o fémur, aunque suenan a pesadilla, permiten un poco más de margen, pero cuidado: los huesos sangran como si estuvieran en una película de terror de bajo presupuesto. La clave, según Plaza, es el triaje, un sistema de clasificación más colorido que un semáforo. Los rojos son prioridad absoluta, los amarillos esperan un poco, los verdes caminan solos como si nada, y los negros, bueno, ya no están en la lista de invitados.
El profesor Luis García añade que accidentes como este son un ‘todos contra todos’ sanitario. Se movilizan recursos como si fuera Black Friday, y se instalan hospitales de campaña para no colapsar los centros cercanos. Coordinación entre 112 y hospitales es tan crucial como un buen café un lunes por la mañana. En resumen, cada minuto cuenta, y estos héroes de emergencia juegan al ajedrez con la muerte mientras el resto solo miramos el tablero.


