Los Juegos Olímpicos de Invierno 2026 en Milán-Cortina no serán solo esquí y patinaje; serán un ring de tensiones geopolíticas. Entre el discurso de Mark Carney en Davos sobre un nuevo orden mundial y Donald Trump soñando con anexar Groenlandia y Canadá, el Comité Olímpico Internacional puede olvidarse de su lema de “unir al mundo”. Esto pinta más conflictivo que una discusión en WhatsApp de grupo.
Históricamente, los Juegos han sido un escaparate para regímenes represivos que buscan lavar su imagen con el llamado “sportswashing”. Estudios muestran que desde 2012, el 37% de eventos deportivos internacionales los organizan autocracias, usando la popularidad del deporte para desviar críticas sobre derechos humanos. Sin embargo, Milán-Cortina no será tanto sobre lavado de imagen, sino sobre un nacionalismo descarado. El deporte, con su simbolismo, enciende pasiones colectivas, y con conflictos como la invasión de EE. UU. a Venezuela o las disputas comerciales, la retórica patriotera estará a flor de piel.
El hockey sobre hielo promete ser el epicentro del drama. Con EE. UU. y Dinamarca en el mismo grupo, un partido entre ellos podría ser el “milagro sobre el hielo” danés, dado el capricho de Trump por Groenlandia. Además, un choque con Canadá revivirá tensiones comerciales, como ya se vio en el 4-Nations Face-Off. Mientras, Noruega enfrenta un escándalo en salto de esquí y Rusia compite sin bandera por la guerra en Ucrania, dejando a EE. UU. con ventaja.
Trump, que vincula éxito deportivo con fortaleza nacional, celebrará cualquier medalla como si fuera suya. ¿Y la Copa Mundial 2026? Francia y Alemania ya dudan de participar. Estos Juegos serán menos sobre deporte y más sobre quién grita más fuerte su himno.


