En un giro que parece sacado de una película de acción barata, Nicolás Maduro, el depuesto presidente de Venezuela, fue trasladado a un tribunal de Nueva York este lunes, esposado y rodeado de uniformados estadounidenses que parecían extras de Rambo. A sus 63 años, junto a su esposa Cilia Flores, de 69, enfrentará cargos por tráfico de cocaína tras ser sacado a la fuerza de Caracas en una operación militar de EE. UU. que incluyó bombardeos, comandos y una flota naval digna de un blockbuster.
La comparecencia ante un juez está programada para el mediodía (17:00 GMT), mientras imágenes de televisión muestran a Maduro y Flores movidos en helicóptero y vehículo blindado. También están acusados su hijo “Nicolasito”, Diosdado Cabello y un capo narco prófugo. Trump, con su sutileza habitual, insistió que EE. UU. está “a cargo” de Venezuela, dejando claro que quiere acceso a las mayores reservas de petróleo del mundo. La nueva presidenta interina, Delcy Rodríguez, se mostró dispuesta a cooperar, pidiendo una relación “equilibrada” con Washington.
En Caracas, el miedo reina: la oposición calla, y unas 2,000 personas marcharon exigiendo la liberación de Maduro con pancartas tipo “Venezuela no es colonia”. Los hospitales no sueltan cifras, pero se habla de 70 muertos y 90 heridos por los ataques. Trump también lanzó dardos a Petro de Colombia y predijo la caída de Cuba. Mientras, la ONU se reúne de emergencia y países como China, Rusia y varios latinoamericanos condenan la movida yanqui.
¿Democracia? Trump dice que las elecciones pueden esperar, que primero hay que “arreglar el país fallido”. Esto huele más a reality show que a política internacional. ¿Próximo episodio? Quizás un Trump petrolero posando en Caracas.


