Desde Bratislava, el jefe de la diplomacia estadounidense, Marco Rubio, soltó un “tranquilos, no queremos que Europa sea nuestro vasallo” durante su gira por Eslovaquia y Hungría, aliados de Donald Trump. Como quien ofrece un café tras una discusión, Rubio busca calmar los ánimos tras tensiones transatlánticas, pero sin prometer mucho más que una sonrisa incómoda.
En Múnich, durante la Conferencia de Seguridad, Rubio pidió a los europeos alinearse con la visión de Trump sobre el orden mundial. “No debe prevalecer el orden global sobre nuestros intereses”, dijo, criticando las ideas de libertad y comercio global como un error que solo benefició a los enemigos de EE. UU. Entre alabanzas a Miguel Ángel y Shakespeare, también lanzó dardos contra la migración masiva y el entusiasmo climático, dejando claro que no quiere aliados débiles. “No somos los cuidadores del declive de Occidente, queremos revitalizar esta amistad”, aseguró, como si estuviera vendiendo un plan de gimnasio para una civilización cansada.
Mientras tanto, la jefa de diplomacia de la UE, Kaja Kallas, respondió desde Múnich. Aunque rechazó las críticas que denigran al bloque, celebró el tono más suave de Rubio. Un diplomático europeo respiró aliviado por no recibir ataques directos, aunque murmuró que el fondo del mensaje no dista mucho del de otros halcones estadounidenses.
Al final, Rubio parece querer renovar votos con Europa, pero sin anillo ni fecha. ¿Es un gesto de amistad o una indirecta para que sigan el guion de Washington? Esto huele a drama de pareja transatlántica en plena terapia.


