En Argentina, la huelga general de este jueves contra la reforma laboral de Javier Milei fue un éxito rotundo, según sindicalistas, con transporte público uniéndose al caos como si fuera un feriado sorpresa. Mientras, en el Congreso, el debate arrancó pasadas las 14:00, con más drama que una novela de la tarde.
La reforma, tildada de “regresiva” por la CGT, recorta indemnizaciones, estira jornadas a 12 horas y pone trabas a las huelgas, como si trabajar fuera un reality de resistencia. Frente al Congreso, vallado como fortaleza medieval, sindicatos y grupos de izquierda protestaron. Milei, desde Estados Unidos en la “Junta de Paz” de Trump, debe estar viendo esto como un mal episodio de su propia serie. Su gobierno insiste que esto bajará la informalidad, que afecta al 40% de los trabajadores, y creará empleos con menos impuestos a patrones. ¿Será?
El acatamiento fue “histórico”, según Jorge Sola de la CGT, aunque algunos autobuses ignoraron el paro y comercios abrieron a medio gas, como si fuera domingo de resaca. Aerolíneas Argentinas reprogramó 255 vuelos, dejando a 31,000 pasajeros varados en un aeropuerto más vacío que un bar a las 6 a.m. Puertos como Rosario, clave para agroexportaciones, también pararon. El jefe de gabinete, Manuel Adorni, llamó la huelga “extorsiva”, como si los sindicalistas fueran villanos de cómic.
Esto pasa mientras la industria cae, con 21,000 empresas cerradas y 300,000 empleos perdidos en dos años. Fate, gigante de neumáticos, despidió a 900 trabajadores por “falta de competitividad”. Y el gobierno advierte a la prensa sobre “riesgos” en protestas. ¿Reforma o reality distópico? Argentina decide.


