¡Agárrense, que la política mexicana sigue siendo un circo de tres pistas! El pasado miércoles 25 de marzo, el Senado aprobó el “Plan B” de la presidenta Claudia Sheinbaum sobre la reforma electoral con 87 votos a favor y 41 en contra. Después de seis horas de debate, la iniciativa quedó como un pastel sin cereza: con medidas de austeridad, pero sin adelantar la revocación de mandato al 2027.
El drama se centró en el Partido del Trabajo (PT), que jugó al rebelde con causa. Alberto Anaya, su dirigente, dijo “ni madres” a cambiar el artículo 35 constitucional sobre la revocación, condicionando su apoyo. Gracias a esta movida, Morena y el PT lograron la mayoría calificada para aprobar la reforma en lo general. Ignacio Mier, coordinador morenista, celebró la alianza como si fuera un matrimonio eterno, asegurando que no hay grietas rumbo al 2027 y 2030. Hasta la oposición aplaudió, en un momento más raro que encontrar Wi-Fi gratis.
El senador Óscar Cantón Zetina y Enrique Inzunza defendieron la idea de que la revocación no es un pleito, sino una forma de rendir cuentas. Pero al final, el bloque de la 4T presentó una reserva y el tema se quedó fuera en la votación particular. Mier, con cara de “todo bajo control”, dijo que esto no es un fracaso, porque rechazar todo habría sido el verdadero fiasco.
La reforma, enfocada en recortar presupuestos a congresos estatales y ajustar sueldos de funcionarios electorales, fue turnada a la Cámara de Diputados. Mientras, la consulta de revocación sigue en el cuarto año de gobierno. ¿Será que nadie quiere arriesgarse a un “like” o “dislike” anticipado? Esto parece más enredado que un chisme de vecindad.


