¡Portugal se ha quedado en pausa! Este jueves, trenes parados, cientos de vuelos cancelados y escuelas cerradas marcaron la primera huelga general en más de una década. Los sindicatos, liderados por CGTP y UGT, han dicho “basta” a las reformas laborales del Gobierno de centro-derecha, que pretende cambiar más de 100 artículos del código laboral. ¿El objetivo? Impulsar productividad y crecimiento. ¿La realidad según los trabajadores? Un pase VIP para los empresarios a costa de sus derechos.
Las calles de Lisboa parecían un pueblo fantasma, con transportes públicos funcionando a media marcha gracias a servicios mínimos impuestos. La aerolínea TAP, la joya nacional, solo operó un tercio de sus 260 vuelos diarios. Hospitales seguían abiertos, pero las consultas y citas se aplazaron porque hasta las enfermeras se unieron al paro. Tiago Oliveira, del sindicato CGTP, gritó a los cuatro vientos: “¡Usen este día para rechazar la reforma!”. Y vaya si lo hicieron.
El Gobierno, con apoyo del partido de extrema derecha Chega, insiste en que las reformas, como flexibilizar despidos en pymes y limitar derechos de trabajo flexible para madres lactantes a dos años, son un ganar-ganar. Pero los trabajadores no compran el cuento. João Silva, un joven de 32 años en una papelería, confesó a Reuters que no pudo hacer huelga por miedo a perder su empleo precario. “Quieren despedir a los mayores para contratar jóvenes por menos plata. ¿Por qué siempre beneficia a las empresas?”, se quejó.
Esta bronca no se veía desde 2013, cuando Portugal estaba bajo austeridad por un rescate internacional. ¿Resultado de hoy? Un país detenido y un Gobierno que no da su brazo a torcer. Esto pinta más tenso que un partido de fútbol sin VAR.


