
En un encuentro que parecía más un reality show que una cumbre diplomática, el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salmán, visitó la Casa Blanca junto a Donald Trump y calificó el asesinato de Jamal Khashoggi en 2018 como un “gran error”. Sí, un error, como cuando pides pizza y te llega sushi.
Khashoggi, columnista del Washington Post y crítico de la corona saudí, fue asesinado por agentes sauditas en el consulado del reino en Turquía. Bin Salmán, con cara de quien perdió las llaves del yate, juró que están haciendo todo para que no se repita. La CIA, sin embargo, señaló que la orden vino de arriba, pero Trump, fiel a su estilo, dijo que Khashoggi era “extremadamente controvertido” y que “a mucha gente no le caía bien”. Vamos, como si eso justificara un final tan drástico.
Mientras tanto, el príncipe sacó la chequera petrolera y prometió aumentar las inversiones sauditas en EE. UU. de 600,000 millones a casi 1 billón de dólares. ¡Un billón! Con eso compras medio Silicon Valley y sobra para un café. Además, Bin Salmán expresó su deseo de unirse a los Acuerdos de Abraham para normalizar relaciones con Israel, pero insistió en un “camino claro” hacia la solución de dos Estados con los palestinos. Traducción: quiere ser el mediador estrella del Medio Oriente.
Al final, esta visita dejó más preguntas que respuestas. ¿Un billón de dólares compra silencio? ¿O solo es una cortina de humo más cara que un Ferrari de oro? Esto huele a telenovela geopolítica con presupuesto ilimitado.

