La gigante armamentística Raytheon, parte del grupo RTX, acaba de firmar cinco contratos jugosos con el Departamento de Defensa de EE. UU. para convertir sus fábricas en auténticas máquinas de hacer misiles. El anuncio del miércoles parece gritar: “¡La paz mundial puede esperar, tenemos pedidos que cumplir!”
El objetivo, según Raytheon, es “aumentar significativamente” la producción de juguetes letales como el misil de crucero Tomahawk, ideal para saludar a enemigos desde buques y submarinos con un alcance de 1,600 km. También están el AMRAAM, un misil aire-aire que ya casi duplicó su producción en 2025, y los interceptores SM-3 IB, SM-3 II y SM-6. ¿La meta? Fabricar más de 1,000 Tomahawks al año, al menos 1,900 AMRAAM y superar los 600 SM-6. Todo esto saldrá de plantas en Tucson, Huntsville y Andover, porque nada dice “hecho en casa” como un misil.
Estos contratos de siete años no revelan montos, pero con tensiones geopolíticas subiendo más rápido que el precio del café, la demanda de armas está por las nubes. Solo en el tercer trimestre de 2025, Raytheon cerró un trato de 2,100 millones de dólares por AMRAAM, el mayor en tres décadas. Y no están solos: Lockheed Martin también planea cuadruplicar su producción de THAAD, un sistema antimisiles tan fancy que intercepta ojivas en la atmósfera como si fuera un videojuego.
¿Es esto preparación para un futuro incierto o solo un boom de negocios explosivos? Una cosa es clara: Raytheon está armando un arsenal que haría temblar a cualquier guionista de Hollywood. ¿Guerra fría 2.0 o simplemente un mal día para la diplomacia? Esto está más cargado que un dron en Black Friday.


