El rey Carlos III está sudando más que un turista en un sauna británico por las últimas revelaciones sobre su hermano, el expríncipe Andrés. Parece que Andrés, en su época de representante especial para el Comercio Internacional, jugaba a ser el 007 de la información, pero en vez de salvar al mundo, le pasaba datos jugosos a Jeffrey Epstein, el financiero con más sombras que un callejón oscuro.
Entre 2001 y 2011, Andrés, entonces duque de York, envió correos a Epstein con detalles de visitas a Vietnam, Hong Kong, Shenzhen y Singapur, apenas cinco minutos después de recibirlos de su asistente. ¿Confidencialidad? Más bien un chisme express. La policía de Windsor ya está revisando el caso con lupa, mientras el palacio real asegura que Carlos III está “profundamente preocupado” y listo para ayudar si se lo piden. Hasta el príncipe Guillermo y su esposa han soltado un suspiro colectivo, como si dijeran: “¿Otra vez, tío Andrés?”
Por si fuera poco, nuevas fotos de los archivos Epstein muestran al expríncipe en posturas que no gritan precisamente “dignidad real”, junto a una joven cuyo rostro fue censurado. También hay invitaciones a Epstein para charlas “privadas” en el Palacio de Buckingham. ¿Reunión de té o algo más turbio? Y no olvidemos las acusaciones de Virginia Giuffre sobre agresiones sexuales, que Andrés niega con más vehemencia que un niño pillado con galletas.
Carlos III ya le quitó los títulos reales a su hermano en octubre pasado, pero el escándalo sigue creciendo como un reality show interminable. ¿Será que Andrés pensó que “comercio internacional” incluía trapicheos de información? Esto pinta más sucio que un chiste de bar a medianoche.


