El ataque del 24 de marzo de 2026 en la Preparatoria Antón Makarenko de Lázaro Cárdenas, Michoacán, donde un joven de 15 años asesinó a dos profesoras con un fusil AR-15, disparando 14 veces antes de ser detenido por alumnos y personal, ha destapado una crisis profunda en las escuelas mexicanas. Una maestra de la Unidad de Educación Especial e Inclusiva (UDEEI), con seis años de experiencia en secundarias de Ciudad de México, compartió con Infobae México los retos diarios de lidiar con adolescentes agresivos sin respaldo institucional.
“Las conductas impulsivas son pan de cada día y muchas se normalizan porque sus emociones son un huracán”, explicó. Relató un caso reciente con un estudiante de tercer año que hostigaba a un compañero y, al intervenir, respondió con insultos y desafío. Al convocar a los padres, estos acusaron discriminación étnica, evadiendo que el joven necesitaba ayuda especializada. “Le dieron la vuelta para no enfrentar el problema”, lamentó.
La docente denunció la falta de protocolos claros contra la violencia escolar. Los maestros solo registran incidentes y buscan acuerdos con padres, pero sin consecuencias reales. “Nos sentimos desprotegidos; un regaño puede ser visto como maltrato infantil”, confesó. Sin psicólogos ni capacitación, el personal se las arregla como puede, mientras los chicos llegan sin desayunar, a veces enfrentando violencia familiar, y con padres ausentes por trabajo o desinterés.
Aunque formada en discapacidad, la maestra debe manejar conductas para las que no está preparada. “Necesitamos psicólogos, no podemos con todo”, insistió. Tras la tragedia en Michoacán, el debate sobre seguridad escolar y señales de alerta en redes arde. ¿Podrá el sistema educativo proteger a maestros y alumnos, o seguirán enfrentando esta batalla sin escudo?


