La mañana del 25 de enero, un taxi se convirtió en el protagonista de una escena trágica en avenida San Antonio Abad, colonia Obrera, alcaldía Cuauhtémoc, CDMX. El vehículo, que iba a toda velocidad, perdió el control y se estrelló, dejando al conductor muerto y a un perrito prensado dentro del auto. Sí, los bomberos rescataron al lomito, pero el taxista salió disparado y, lamentablemente, los paramédicos confirmaron que ya no tenía signos vitales. La vialidad quedó más cerrada que un frasco de mermelada mientras el Ministerio Público y los peritos hacían su trabajo.
Pero la cosa se puso más rara que un perro con sombrero cuando videos en redes sociales mostraron al mismo conductor antes del choque, caminando errático y gritando que tenía insectos en el cuerpo. ¿Crisis mental, sustancia o algo más? Testigos lo grabaron desorientado, claramente no en condiciones de manejar ni un carrito de supermercado, mucho menos un taxi.
Un segundo clip encendió la polémica: el taxista, con la puerta del auto abierta, y a lo lejos, dos patrullas con luces parpadeando, pero sin policías acercándose a detenerlo. En redes, la gente estalló: ¿y si lo hubieran parado? ¿Se pudo evitar esta tragedia? Hasta ahora, las autoridades no han aclarado si el hombre estaba drogado, enfermo o si hubo algún protocolo para ayudarlo. La Fiscalía capitalina investigará las causas y responsabilidades.
Mientras tanto, este caso destapa un debate más grande que un chisme de vecindad: ¿qué pasa con la salud mental y los protocolos para conductores en crisis? Porque, seamos sinceros, un taxista alterado al volante es una ruleta rusa. ¿Aprenderemos algo o seguiremos jugando a la suerte?


