
En un giro que ni M. Night Shyamalan podría haber escrito, dos mexicanos perdieron la vida y siete turistas más están desaparecidos en Torres del Paine, la joya de la Patagonia chilena. Una ventisca traicionera los sorprendió el lunes mientras exploraban este parque natural, a unos 2,800 km al sur de Santiago, conocido por sus imponentes macizos de granito y lagos de postal.
Las autoridades confirmaron que las víctimas son mexicanas, aunque la nacionalidad de los desaparecidos sigue siendo un misterio más grande que el final de “Lost”. Desde Punta Arenas, el equipo de militares y policías peina la zona como si buscaran el Santo Grial, enfrentándose a vientos de hasta 120 km/h y aguanieve que transforma el paisaje en un borrón blanco. Juan Carlos Andrades, del Senapred de Magallanes, explicó que estas condiciones convierten el sendero en una trampa: “Con el viento blanco, se desorientan y se salen del camino, como si jugaran a las escondidas con la muerte”.
Torres del Paine, reserva de la biósfera según la Unesco, atrae a más de 360,000 turistas al año, muchos ansiosos por recorrer el circuito de los macizos en una caminata de más de una semana. Pero noviembre, inicio de la temporada de senderismo, parece haber llegado con un mensaje claro: la naturaleza no juega.
¿Encontrarán a los desaparecidos antes de que el clima los convierta en leyenda patagónica? Mientras los equipos de rescate luchan contra el viento, queda claro que este parque no es solo un destino de ensueño, sino un recordatorio de que la madre naturaleza siempre tiene la última palabra.

