
Donald Trump ha desatado una cruzada anti-migratoria desde Washington, ordenando a sus embajadas en el extranjero que empujen a otros países a blindarse contra la llegada de extranjeros. Un cable interno del Departamento de Estado, filtrado a Reuters, revela que el magnate quiere que Europa, Canadá y Australia se pongan serios con sus fronteras.
El documento, circulando desde el viernes pasado, manda a los diplomáticos yanquis a espiar crímenes ligados a migrantes y a tomar nota de cómo los gobiernos locales reaccionan. Además, deben presionar por reformas que frenen programas que abren las puertas a oleadas de recién llegados, como si la migración fuera una invasión zombi en una película de bajo presupuesto. Es un capítulo más del manual restrictivo de Trump, quien ya rebajó el límite de refugiados a un mísero 7,500 para 2026 y busca recortar protecciones de asilo a nivel global.
Un portavoz del Departamento de Estado salió a justificar el drama, insistiendo —sin pruebas en la mano— que la migración masiva es un desastre para los derechos humanos y un imán para delitos violentos. Parece que la administración ve a los migrantes como villanos de cómic, mientras ignora que sus datos son más escasos que Wi-Fi en el desierto.
Con este nuevo empujón, Trump parece decidido a convertir el mundo en un club exclusivo con lista de espera infinita. ¿Lograrán las embajadas convencer a sus anfitriones o solo generarán más roces diplomáticos? Mientras tanto, el debate migratorio se calienta más que un microondas olvidado con papel aluminio dentro.

