Donald Trump, desde el exclusivo Foro Económico Mundial en Davos, celebró este miércoles el primer aniversario de su regreso a la Casa Blanca con un discurso que parecía un infomercial de medianoche. Llamó a la economía de EE. UU. un “milagro económico”, mientras lanzaba una pulla a Europa por “no ir por buen camino”. ¿Consejo o regaño?
Con el carisma de un vendedor de tiempos compartidos, Trump presumió que desde su retorno, el crecimiento, la productividad y la inversión en EE. UU. “se disparan”, los ingresos suben y la inflación está “derrotada”. “Excelentes noticias para todas las naciones”, dijo, como si estuviera repartiendo trofeos. Se burló de los “expertos” que predijeron una recesión mundial con sus políticas, asegurando que les demostró lo contrario. Según él, los aranceles han reducido el déficit comercial un “asombroso 77%” sin inflación, algo que todos creían imposible, y su agenda ha transformado al país como no se veía en un siglo.
Trump detalló su receta mágica: abrir centrales eléctricas en vez de cerrarlas, desmantelar aerogeneradores “ineficaces” y despedir burócratas en lugar de empoderarlos. “Somos la economía más atractiva del mundo”, afirmó, pronosticando que el PIB crecerá al doble de lo proyectado por el FMI en abril, gracias a sus políticas de expansión y aranceles. “Cuando EE. UU. prospera, el mundo prospera”, sentenció, pintando su mandato como la recuperación económica más rápida y drástica de la historia.
Pero no todo fue autobombo. Mirando a Europa, sugirió que sigan su ejemplo porque “ciertos lugares ya ni son reconocibles”. “Amo a Europa, pero no va por buen camino”, dijo, como un tío que critica tu vida en la cena familiar. ¿Consejo sincero o shade diplomático? En Davos, Trump vendió su “milagro” como el mejor producto del mercado. A ver quién compra.


