Donald Trump hizo historia al plantarse en la Corte Suprema, vestido como si fuera a una entrevista de trabajo en Wall Street, para defender su decreto de restringir la ciudadanía por nacimiento. Sentado en primera fila, se fue a mitad de la sesión, tal vez porque no había palomitas para el drama judicial.
El decreto de Trump, parte de su política migratoria de mano dura, ordena no reconocer la ciudadanía de niños nacidos en EE. UU. si sus padres no son ciudadanos o residentes legales con “tarjeta verde”. Esto choca frontalmente con la 14.ª Enmienda, que garantiza ciudadanía a casi todos los nacidos en suelo estadounidense. Un tribunal inferior ya bloqueó la medida, y ahora la Corte, con mayoría conservadora 6-3, escucha los argumentos. Tanto magistrados liberales como conservadores, incluido el presidente John Roberts, mostraron escepticismo, cuestionando al abogado del gobierno, D. John Sauer, sobre ampliar excepciones históricas como hijos de diplomáticos a inmigrantes ilegales. Roberts incluso pidió datos sobre el supuesto “turismo de maternidad”, recibiendo solo vagas referencias a reportajes.
Sauer argumentó que la ciudadanía automática “recompensa” la inmigración ilegal y “menosprecia” su valor, mientras Trump, desde redes sociales, llamó “ESTÚPIDO” al sistema actual. Acompañado por el secretario de Comercio, Howard Lutnick, y la fiscal general, Pamela Bondi, Trump estuvo hora y media en la sala, marcando un hito como el primer presidente en ejercicio en asistir a una vista oral, según la historiadora Clare Cushman.
¿Resultado? La Corte parece poco convencida, y este decreto podría terminar siendo un fiasco legal más grande que un reality cancelado. Si la ciudadanía es un “regalo inestimable”, Trump parece empeñado en devolverlo con recibo incluido.


