Donald Trump se coronó a sí mismo como el mesías de la diplomacia al inaugurar su «Junta de Paz» en Washington, con una billetera inicial de 10,000 millones de dólares para Gaza. En una ceremonia que parecía más un mitin de autoelogio, el presidente celebró sus esfuerzos en ocho conflictos mundiales mientras lanzaba miradas de «te estoy vigilando» a Irán.
La fiesta en el Instituto de la Paz, ahora rebautizado con su nombre, reunió a dos docenas de líderes, como Javier Milei de Argentina y Santiago Peña de Paraguay. Países del Golfo y Japón también pusieron billetes sobre la mesa para reconstruir la Franja de Gaza, mientras Egipto y Jordania aportan policías, y naciones como Indonesia y Albania envían tropas. Sin embargo, los europeos occidentales brillaron por su ausencia, salvo el húngaro Viktor Orban, el fan número uno de Trump. Entre amenazas a Irán para que firme un acuerdo en «diez días» y guiños a negociaciones entre Ucrania y Rusia, Trump mostró que es tan pacífico como un halcón con café doble.
El alto el fuego en Gaza, negociado con Catar y Egipto tras dos años de guerra, entra en su fase dos: desarmar a Hamás, cuyo ataque de octubre de 2023 desató el caos. Israel insiste en restricciones de seguridad, mientras Hamás exige el fin del asedio. Steve Witkoff, el negociador estrella de Trump, jura que van por buen camino, aunque suene a vender hielo en el Ártico.
Trump, con poder de veto en esta Junta y un pase VIP post-mandato, critica a la ONU por «no estar a la altura». ¿Su plan? Ser el sheriff global, con Gaza como su primer rodeo. Esto pinta más loco que un reality show con misiles de fondo.


