¡Trump vuelve a regar controversia! El miércoles, el presidente estadounidense firmó una orden ejecutiva para impulsar la producción de glifosato, ese herbicida que la OMS etiqueta como “probablemente cancerígeno”, argumentando que es vital para la seguridad alimentaria de EE. UU. ¿Proteger cultivos o sembrar riesgos? Esto está más turbio que un campo después de la lluvia.
La Casa Blanca justificó la medida diciendo que los herbicidas de glifosato son el pan de cada día en la agricultura yanqui, pero solo hay un productor local, obligando a importar el resto. Por eso, la orden manda al secretario de Agricultura a facilitar la fabricación nacional de glifosato y fósforo, este último también clave para la industria militar. Es como si Trump quisiera un combo de “cultivos fuertes y armas listas” en una sola jugada.
Aunque la Agencia de Protección Ambiental de EE. UU. insiste en que el glifosato no es cancerígeno, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la OMS no está tan segura y lo clasifica como un posible villano de la salud. Y mientras el debate crece como maleza, Bayer, dueño de Monsanto, soltó el martes un bombazo: un acuerdo de hasta 7,250 millones de dólares para cerrar demandas contra Roundup, su herbicida estrella con glifosato, acusado de causar cáncer a consumidores.
Trump parece decir: “Si mata malas hierbas, también puede salvarnos el plato”. Pero con demandas millonarias y advertencias de la OMS, esto huele a una cosecha de problemas. ¿Será un impulso agrícola o una siembra de riesgos que nos saldrá más cara que un tractor de lujo? Algo me dice que este campo está lleno de minas.


