En un episodio que parece sacado de una serie de espías con presupuesto dudoso, Ucrania negó haber atacado una residencia de Vladimir Putin, mientras el Kremlin jura que sí pasó y promete ponerse más duro que un bouncer en un club exclusivo. Esto, justo cuando Washington y Kiev hablaban de avances para terminar la guerra que Rusia desató en 2022.
El lunes, Rusia acusó a Ucrania de enviar 91 drones a una casa oficial de Putin en Nóvgorod, entre Moscú y San Petersburgo. ¿Pruebas? Ni una, porque según el Kremlin, todos los drones fueron derribados. Ucrania, con Volodimir Zelenski a la cabeza, llamó a esto un montaje más falso que un billete de Monopoly. Hasta una fuente francesa dijo que no hay nada sólido, ni siquiera después de chismear con sus aliados. Zelenski, que se reunirá con líderes aliados el 6 de enero en Francia, insiste en que todo es puro teatro ruso. Antes, el 3 de enero, asesores de seguridad se juntarán en Ucrania para seguir desmenuzando este culebrón.
Mientras tanto, Donald Trump, tras charlar con Putin y reunirse con Zelenski en Florida, soltó un “no me gusta esto” desde Mar-a-Lago, como si fuera un juez de reality show. Los bombardeos no paran: Ucrania reportó ataques con misiles y 60 drones rusos, y Rusia se jactó de tomar dos aldeas en Járkov y Zaporiyia. En Chernígov, evacuaron 14 localidades por bombardeos diarios, y en Zaporiyia una mujer resultó herida por bombas.
Total, entre drones fantasmas y acusaciones, esto parece más un guion de Hollywood que negociaciones de paz. ¿Próximo capítulo? Zelenski en Francia, esperando que no le salgan más “sorpresas” rusas.


