El lunes, Venezuela intentó ponerse la máscara de la normalidad tras la captura de Nicolás Maduro por EE. UU. el sábado, pero las calles y tiendas estaban más vacías que un cine en lunes por la mañana. Muchos aún digieren el terremoto militar que sacudió Caracas y otras zonas, anticipando un futuro más incierto que el clima en abril.
En Barquisimeto, Mariela González, de 52 años, reabrió su negocio de belleza tras un fin de semana cerrado, coordinando por WhatsApp con otros comerciantes. “Tenemos temor, pero no podemos paralizarnos”, dijo, como si la vida fuera un reality de supervivencia. En el mismo lugar, Rosendo Linárez, de 38 años, encargado de un supermercado, notó menos clientes. “Abrimos por necesidad y para no perder alimentos perecederos, pero solo compran lo básico”, aseguró, mientras las estanterías parecían gritar soledad.
En Maracaibo, la segunda ciudad más grande, más de un tercio de taxistas y conductores de autobuses se quedó en casa por miedo y falta de pasajeros. Marielys Urdaneta, de 41 años, madrugó para trabajar y cubrir gastos de comida, ayudando a viajeros varados post-Navidad. En Caracas, Douglas Sánchez, vendedor de bocadillos, expresó la angustia general: “Uno siente desesperación, pero hay que salir a ganar el dinerito, si no, no hay nada”.
Daniel Morillo, de 30 años, visiting Maracaibo desde Perú, acortará su viaje para comprar medicinas y comida a sus padres. “No solo me voy triste por la despedida, sino con un nudo por dejarlos en esta incertidumbre”, lamentó. Mientras, Trump dice que EE. UU. “gobernará” Venezuela, amenazando con más acción si el gobierno interino no baila a su ritmo. Esto parece menos una transición y más un guion de intriga sin final feliz.


