Claudia Sheinbaum explicó sus dos motivos para explorar el fracking en México con la seriedad de quien vende aspiradora puerta por puerta: soberanía energética y que ya consumimos gas no convencional, solo que viene de Texas a 100 metros de la frontera. Básicamente, estamos comprando lo que podríamos tener en casa, como pedir Uber Eats del restaurante de al lado.
La presidenta aseguró en Palacio Nacional que su gobierno no forzará la decisión tras la investigación sobre daño ambiental ni «hará nada en contra de las comunidades», promesa tan reconfortante como dentista diciendo «no dolerá nada». El planteamiento es simple: México ya consume gas no convencional texano, entonces por qué no sacar el propio y dejar de enriquecer gringos mientras destruimos nuestro propio subsuelo con dignidad nacionalista.
El argumento de soberanía energética suena patriótico hasta que recuerdas que implica perforar horizontalmente bajo tierra inyectando agua a presión para fracturar roca, técnica tan delicada como abrir nuez con martillo. Pero hey, si Texas lo hace y nosotros lo compramos, mejor hacerlo nosotros mismos y ahorrar costos de importación, razonamiento impecable tipo «si mi vecino fuma, yo también puedo».
La noticia está en desarrollo, igual que la incertidumbre sobre si realmente consultarán comunidades o será consulta estilo «ya decidimos pero queremos que se sientan incluidos». Mientras tanto, científicos de UNAM, IPN y UAM preparan estudios que determinarán si México puede hacer fracking sustentable o si terminaremos con agua inflamable estilo documental gringo de terror ambiental.



