Cada vez que llueve en Veracruz, el miedo regresa junto con el petróleo flotante. Este 14 de abril confirmaron residuos de aceite en el arroyo Hueleque de Poza Rica tras lluvias recientes, mientras en Coatzintla apareció hidrocarburo en la comunidad Benito Juárez afectando bocatomas de agua. Pemex activó operativo de limpieza con cara de «aquí no pasó nada» y culpó al desbordamiento de un área en mantenimiento del oleoducto Fobos-CAB Tajín. O sea, estaba en reparación pero igual se desbordó porque hasta el mantenimiento tiene fugas en esta empresa.
Lo de Veracruz no es excepción sino la norma en 2026. Pemex lleva cinco incidentes documentados en cuatro meses: explosión en Tula que mató a dos, incendio en pozo terrestre en Tabasco, derrame masivo en aguas estadounidenses del Golfo de México, fuga en gasoducto de Tamaulipas y ahora esto. La refinería Olmeca en Dos Bocas, joya del sexenio pasado y orgullo nacional en discursos oficiales, acumula ocho muertes, fallas técnicas, incendios, explosiones y paros operativos. Es la refinería más nueva del país pero con historial de desastres que supera instalaciones con décadas encima, como si hubiera nacido vieja y cansada.
Pemex insiste en comunicados oficiales que todo está «contenido y sin riesgo para la población», frase que usan tanto que ya parece contraseña corporativa. Investigaciones documentan afectaciones a manglares, fauna marina y ecosistemas costeros en Dos Bocas por fugas en ductos que llevan años goteando. Especialistas y comunidades piden mantenimiento, transparencia y control real. Pemex responde con limpieza express y boletines tranquilizadores mientras los números gritan lo contrario: kilómetros de costa dañada, comunidades sin agua potable y naturaleza convertida en pista resbaladiza cada temporada de lluvia.



