Claudia Sheinbaum presentó su plan maestro en la mañanera del 15 de abril: fracking sustentable, que suena tan contradictorio como «dieta de tacos» pero con científicos de verdad detrás. Los rectores de la UNAM, UAM e IPN llegaron a Palacio Nacional con sus batas imaginarias para agradecer que los dejaran jugar con gas natural sin convertir el país en un queso gruyere.
Leonardo Lomelí, el mero mero de la UNAM, prometió un estudio integral que medirá impactos económicos, sociales y ambientales porque así queda bonito en el PowerPoint. «Pondremos nuestro mejor empeño», dijo, como cuando prometes hacer ejercicio el lunes. La idea es determinar si vale la pena sacar gas del subsuelo sin que se enojen los ambientalistas ni se quiebre el erario. Básicamente, hacer fracking pero con permiso de mamá y papá ciencia.
El discurso oficial se puso patriótico: soberanía energética, independencia del extranjero, no más depender de gringos caprichosos. Con las guerras internacionales encareciendo todo como si fuera aguacate en temporada baja, tener gas propio suena tentador. Eso sí, con tecnología accesible, no vaya a ser que terminen importando las máquinas de China y el chiste salga más caro que el refresco.
Mientras tanto, México se prepara para extraer gas «sustentable» con la bendición académica. Si funciona, será el milagro moderno. Si no, al menos habrá muchos papers publicados explicando por qué falló. Win-win para todos, menos para las napas freáticas.



